21/12/11
20/12/11
Noches II
La mejor hora para encontrarse contigo.
¿Qué hora es?, preguntó Pessoa.
Es casi medianoche, respondió Álvaro de Campos, la mejor hora para encontrarse contigo, es la hora de los fantasmas.
Antonio Tabucchi.
Fragmento de Las Ruinas circulares.
Fragmento de "El imperio jesuítico" (Pág 100*)
Cerca de mediodía, aquel muelle vellón se rompe. El cielo se glorifica profundamente; verdean los collados; silban las perdices en las cañadas; y por el ambiente, de una suavidad quizá excesiva, como verdadero símbolo de aquella imprevisora esplendidez, el morpho Menelaus, la gigantesca mariposa azul, se cierne lenta y errátil, joyando al sol familiar sus cerúleas alas.
A la tarde, el espectáculo solar es magnífico, sobre los grandes ríos especialmente, pues dentro el bosque la noche sobreviene brusca, apenas disminuye la luz. En las aguas, cuyo cauce despeja el horizonte, el crepúsculo subtropical despliega toda su maravilla.
Primero es una faja amarillo de hiél al Oeste,correspondiendo con ella por la parte opuesta una zona baja de intenso azul eléctrico, que se degrada hacia el cénit en lila viejo y sucesivamente en rosa, amoratándose por último sobre una vasta extensión, donde boga la luna. Luego este viso va borrándose/.mientras surge en el ocaso una horizontal claridad de anaranjado ardiente, que asciende a,l oro claro y al verde luz, neutralizado en una tenuidad de blancura deslumbradora. Como un vaho sutilísimo embebe á aquel matiz un rubor de cutis, enfriado pronto en lila donde nace tal cual estrella; pero todo tan claro, que su reflexión adquiere el brillo de un colosal arco-iris sobre la lejanía inmensa del río.
Este, negro á la parte opuesta, negro de plomo oxidado entre los bosques profundos que le forman una orla de tinta china, rueda frente al espectador densas franjas de un rosa lóbrego. Un silencio magnífico profundiza el éxtasis celeste. Quizá llegue de la ruina próxima, en un soplo imperceptible, el aroma de los azahares. Tal vez una piragua se destaque de la ribera asaz sombría, engendrando una nueva onda rosa, y haciendo blanquear, como una garza á flor de agua, la camisa de su remero...
El crepúsculo, radioso como una aurora, tarda en decrecer; y cuando la noche empieza por último á definirse, un nuevo espectáculo embellece el firmamento. Sobre la línea del horizonte, el lucero, tamaño como una toronja, a parecido palpitando entre reflejos azules el viento agita. Su irradiación proyecta verdaderas llamas, que describen sobre el agua una clara estela, á pesar de la luna, y la primera impresión es casi de miedo en presencia de tan enorme diamante.
Leopoldo Lugones
*Leer online: http://ia600508.us.archive.org/5/items/elimperiojesut00lugouoft/elimperiojesut00lugouoft.pdf
¿Qué hora es?, preguntó Pessoa.
Es casi medianoche, respondió Álvaro de Campos, la mejor hora para encontrarse contigo, es la hora de los fantasmas.
Antonio Tabucchi.
Fragmento de Las Ruinas circulares.
Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la
canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado.
Jorge Luis Borges.Fragmento de "El imperio jesuítico" (Pág 100*)
Cerca de mediodía, aquel muelle vellón se rompe. El cielo se glorifica profundamente; verdean los collados; silban las perdices en las cañadas; y por el ambiente, de una suavidad quizá excesiva, como verdadero símbolo de aquella imprevisora esplendidez, el morpho Menelaus, la gigantesca mariposa azul, se cierne lenta y errátil, joyando al sol familiar sus cerúleas alas.
A la tarde, el espectáculo solar es magnífico, sobre los grandes ríos especialmente, pues dentro el bosque la noche sobreviene brusca, apenas disminuye la luz. En las aguas, cuyo cauce despeja el horizonte, el crepúsculo subtropical despliega toda su maravilla.
Primero es una faja amarillo de hiél al Oeste,correspondiendo con ella por la parte opuesta una zona baja de intenso azul eléctrico, que se degrada hacia el cénit en lila viejo y sucesivamente en rosa, amoratándose por último sobre una vasta extensión, donde boga la luna. Luego este viso va borrándose/.mientras surge en el ocaso una horizontal claridad de anaranjado ardiente, que asciende a,l oro claro y al verde luz, neutralizado en una tenuidad de blancura deslumbradora. Como un vaho sutilísimo embebe á aquel matiz un rubor de cutis, enfriado pronto en lila donde nace tal cual estrella; pero todo tan claro, que su reflexión adquiere el brillo de un colosal arco-iris sobre la lejanía inmensa del río.
Este, negro á la parte opuesta, negro de plomo oxidado entre los bosques profundos que le forman una orla de tinta china, rueda frente al espectador densas franjas de un rosa lóbrego. Un silencio magnífico profundiza el éxtasis celeste. Quizá llegue de la ruina próxima, en un soplo imperceptible, el aroma de los azahares. Tal vez una piragua se destaque de la ribera asaz sombría, engendrando una nueva onda rosa, y haciendo blanquear, como una garza á flor de agua, la camisa de su remero...
El crepúsculo, radioso como una aurora, tarda en decrecer; y cuando la noche empieza por último á definirse, un nuevo espectáculo embellece el firmamento. Sobre la línea del horizonte, el lucero, tamaño como una toronja, a parecido palpitando entre reflejos azules el viento agita. Su irradiación proyecta verdaderas llamas, que describen sobre el agua una clara estela, á pesar de la luna, y la primera impresión es casi de miedo en presencia de tan enorme diamante.
Leopoldo Lugones
*Leer online: http://ia600508.us.archive.org/5/items/elimperiojesut00lugouoft/elimperiojesut00lugouoft.pdf
19/12/11
Palabras de barniz
El
citadino se irrita cuando habla con el paisano. El hombre, con su camisa medio
sucia, olor a humo y ángulo en la espalda, casi no habla. Enmudece y dice
alguna palabra. Se calla, escucha y vuelve a bajar la mirada. El porteño le
pregunta por su vida; el otro no le habla. Se limita a sonreírle y a tratarlo
de don. Yo no soy nadie, señor, le dice. Yo no soy nadie. Efectivamente no es
nadie. No pretende ser nadie tampoco. No quiere ser, sino estar. No quiere
cambiar el mundo, sino dormir en él. No pretende levantar cloacas, ni buscar
asiento para sus proyectos. La selva es su hogar, su almohada el colchón de
hojarasca. No hay sustos en su mirada, aunque si marcas de una cama que no fue
de plumas. Eso le dice con su mirada, y el otro se enoja. Se enoja y se va.
Nosotros hablamos. Y vomitamos palabras, y volvemos a hablar. No paramos. Escribimos algo, subimos algo a Internet, escribimos un texto como éste que pretende ser descarga idealista; no dudamos en hablar de lo que sea en cualquier reunión con tal de hablar.
La palabra es un mero instrumento de comunicación. La palabra es un objeto. La palabra está cosificada. Se compra en el mercado. Se mide. Se cobra. En algún momento esto hubiese sido impensado. En algún momento fue sagrada, y sólo se usaba para decir realmente algo. Así pudieron los griegos generar un idioma que abarcara el cosmos, el universo. Que con cuatro letras se lograra designar al pensamiento, al lenguaje como instrumento de sabiduría. Los romanos un dialecto universal que represente su justicia, su derecho. Así los mayas, mediante un ritual y una plegaria mágica se elevaban a los Dioses y les pedían por sus cultivos. Nosotros estaqueamos tierras, numeramos hombres y esclavizamos palabras en diccionarios.
Nosotros hablamos. Y vomitamos palabras, y volvemos a hablar. No paramos. Escribimos algo, subimos algo a Internet, escribimos un texto como éste que pretende ser descarga idealista; no dudamos en hablar de lo que sea en cualquier reunión con tal de hablar.
La palabra es un mero instrumento de comunicación. La palabra es un objeto. La palabra está cosificada. Se compra en el mercado. Se mide. Se cobra. En algún momento esto hubiese sido impensado. En algún momento fue sagrada, y sólo se usaba para decir realmente algo. Así pudieron los griegos generar un idioma que abarcara el cosmos, el universo. Que con cuatro letras se lograra designar al pensamiento, al lenguaje como instrumento de sabiduría. Los romanos un dialecto universal que represente su justicia, su derecho. Así los mayas, mediante un ritual y una plegaria mágica se elevaban a los Dioses y les pedían por sus cultivos. Nosotros estaqueamos tierras, numeramos hombres y esclavizamos palabras en diccionarios.
14/12/11
7/12/11
Noches...
Le dí
mi corazón, se lo ofrecí y dije “Éste es mi deseo; ve, anda, llévalo”. Se fue,
y yo marché llorando regreso a casa. Esa noche lloraron hienas en las
estrellas.
No hubo flores ese verano. No hubo flores.
Nadie lloró el entierro, solo ella, ahí, desnuda y blanca. Dormida su cajita
que sonaba a incierto. Ella sola dormida. Esa noche mirando por primera vez
la luna que pasaba posada en sus ojos todas las noches. Todas las noches.
Alejandra estaba desnuda en la roca, en el medio de la
tormenta. El mar encrespado se torcía contra ella. Ella, erguida cual una Yemanja,
mirando el horizonte, de pie contra el
mar. Sóla entre ese mar de azules que ruge invadiendo todo, y los rayos blancos
que cubren de rajaduras el silencio.
Ella en su roca y Martín entre los árboles, cubriéndose el cuerpo con una toalla y gritándole "¡Vos estás loca!, ¡Vos estás loca!" y amenazando con irse. Él pelirrojo, de cuerpo ancho, creyendo que ella podría estar todavía bien, pero asustándose mucho de los rayos, del mar que amenaza con tragársela, y de ella, que lo mira con esa locura en los ojos.
Ella en su roca y Martín entre los árboles, cubriéndose el cuerpo con una toalla y gritándole "¡Vos estás loca!, ¡Vos estás loca!" y amenazando con irse. Él pelirrojo, de cuerpo ancho, creyendo que ella podría estar todavía bien, pero asustándose mucho de los rayos, del mar que amenaza con tragársela, y de ella, que lo mira con esa locura en los ojos.
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