9/11/11
El nene que se suicidó
Le prohibieron jugar en el piso, y lo acató.
Le negaron saltear la comida, y comió hasta saciarse.
Le pegaron cuando manchó sus manos con tierra.
Le dijeron que moriría si intentaba volar como los pájaros.
Y voló.
Le negaron saltear la comida, y comió hasta saciarse.
Le pegaron cuando manchó sus manos con tierra.
Le dijeron que moriría si intentaba volar como los pájaros.
Y voló.
7/11/11
La era de la boludez.
Ahogándonos.
Reunión, tres de la mañana. Todos callados, mirándose. La fiesta exije
que se hablen. Que haya ruido y se aturdan. Una fiesta -con todas las
letras- sería una en donde se desborden, donde aquel termine con
aquella. Donde ellos se acuesten con ellas, y donde la música mantenga
el ritmo de la orgía del dormitorio análogo. Que los gritos del otro
empañen los gritos de éste, y que nunca exista la nada. Que la música no
pare de sonar -es feo cuando calla, y todos se miran, como sintiendo el
vacío, la necesidad de tapar el silencio-. La joda, la fiesta. Aquellos
bailando, sin ganas, monótonos, bailando. Tomando para gritar, para
explotar. Para sacar lo que se guarda. Dejarnos huecos. Llenar lo hueco.
Tapar con semen las paredes. Vomitar fluidos. Llenarnos de alcohol,
deshinibirnos. El carnaval. El mundo del revés.
El grito.
Incomunicándonos.
(Msn, once de la noche)
Él dice: ¿Viste la luna?
Ella dice: ¿Eh?
Él dice: La luna… ¿La viste?
Ella dice: ¿Eh?
Él dice: La luna… ¿La viste?
Ella dice: Ah, sí. Que linda..
(Calle, once de la noche)
Van de la mano, los dos juntos. Ella lo mira
y pregunta en qué pensas. Él se ríe, medio tonto, y nada, dice. ¿Viste la luna?
Ella se ríe, la mira. Le gusta. Es linda, contesta. Caminan juntos, y él tantea
con sus dedos apretar los de ella, que se calientan al tacto. Los dos mirando
el cielo. El sueño de los dos. El sueño.
Un telón de fondo oculta una París plateada.
Un telón de fondo oculta una París plateada.
Inundándonos.
Un respiradero en
el medio de la calle. El cemento caliente, y la corriente de agua que pasa por
debajo. La calle que asfixia la tierra se pudre, y el respiradero exhala olores
fétidos, sucios. La primavera invade con un rumor de hojas. Duermen en las
calles y crujen al pisarlas. Invade con vientos de polen, con semillas que
mueren en el asfalto y giran entre los coches, entre la gente.
Invaden respiraderos en el medio de la calle.
Olor a podrido y costumbre.
5/11/11
El defensor.
El
defensor.
Todos los días paso por ahí, por su banco y lo veo. Un hombre de tez oscura. El
bigote manchadito por el cigarro y la cara rasgada de arrugas. Una voz grave
que pocas veces se escucha y las manos entrelazadas, dormidas en sus rodillas.
Sentado en su banco de plaza, dormita desde que paso por allí. De bien entrada
la mañana lo veo ya mirando, hasta que marcha con su caminar gastado, bien
caído el sol, nadie sabe dónde.
Es una estatua, un adorno de la plaza. Es tan eterno como aquellos árboles que ya miraban mis abuelos y tan gris como las nubes que pasan. Pareciera que la mirada se le perdió en algún abismo; que se durmió en alguna cueva de Montecinos. Anda con su bastón hasta el banco, todos los días, y se sienta a esperar el día. Las nubes pasan y él se va, con su paso gastado, con su frente antigua. Nadie nunca habló con él. Nadie nunca se animó.
Es una estatua, un adorno de la plaza. Es tan eterno como aquellos árboles que ya miraban mis abuelos y tan gris como las nubes que pasan. Pareciera que la mirada se le perdió en algún abismo; que se durmió en alguna cueva de Montecinos. Anda con su bastón hasta el banco, todos los días, y se sienta a esperar el día. Las nubes pasan y él se va, con su paso gastado, con su frente antigua. Nadie nunca habló con él. Nadie nunca se animó.
Cuenta una vecina que tuvo esposa y se escapó,
abandonando a sus hijos. Otro dice que alguna vez trabajó en el puerto, y que
era activista del sindicato. Pero algo pasó, y desde ese
momento no habla, no siente ni escucha. Todos dan su versión sobre el viejo. Cada uno supone algo de lo que pasó. Ciertamente los rumores algo de verdad siempre tienen, pero nadie sabe aquí cual de todas las historias es la verdadera. Quizás el viejo, dicen, estuvo mal con la ley, y hoy prefiere el silencio para no darse a conocer, para tener la vejez tranquila. Si en algo concuerdan todos es que el viejo está un poco loco. A
Álvaro, el almacenero del pueblo, una vez le pregunté qué opinaba sobre ese
señor que a mí me genera tanta curiosidad. El me miró como quien mira a un
niño, se sacó la boina y con aire grave me dijo “Hijo, ¿Qué sabré yo sobre esas
cosas? ¿Qué se puede saber sobre un soberbio o un loco? Si cuando me acerqué me
miró y sonrió con burla. Yo le había preguntado cómo estaba, quién era. Él me
miró y se rió para adentro. ’Soy mudo’, me dijo. ¡Un mudo! Me fui indignado. Nadie sabe quién es, y mejor no lo preguntes. No sé”.
El viejo trastornó de a poco al pueblo. Todos
quieren ignorarlo. Evitarlo. Los misterios son interesantes cuando tienen un
cierre. Cuando se tiene la certeza que al final uno va a saber la respuesta. Si
el celador tiene un romance, algún día se sabrá, y mientras tanto se plantea,
se duda y se charla. De algo hay que vivir. De algo hay que hablar, digan lo
que digan.
Pero con el viejo no. Él no habla. No
pregunta. Y su presencia, en el mismísimo centro del pueblo, desquicia a
los vecinos. Por más que no quieran tienen que cruzarse con él cada mañana,
cada tarde, cada paseo. Y él suele mirarlos como quien mira un pájaro que se
posa en aquella rama. Viéndolos sin ver. Degustando todo con la mirada.
Una cosa dice Enriqueta,
una vecina, que pudo sonsacarle . Cierta tarde en que pasaba por allí luego de hacer las compras, vió
al viejo sentado en el banco y ya no lo soportó más. Para ella, que se vanagloriaba
de sus meriendas con amigas, de la variedad de sus masitas y sus tés, de las charlas eternas sobre costura y chismes, no
llegar al fondo del misterio del viejo después de tanto tiempo superó a la
mismísima indignación. Los ojos se le nublaron y la voz se le afinó. ¡Quién
es!, le gritó. ¡Qué hace!, le espetó.
El viejo, un poco aturdido, como quien sale de
un ensimismamiento, respondió casi en un susurro ronco:
-¿Yo?, nada útil, señora. Yo defiendo al silencio.
-¿Yo?, nada útil, señora. Yo defiendo al silencio.
29/10/11
20/10/11
Enredamiento
Enredamiento
Por Dios que miento.
Lo juro por Dios.
Por Dios que siento.
Lo juro por Dios.
Lo siento.
La red se va.
¡La veo!
Los peces se van.
¡Los veo!
Saltan la boya.
¡La veo!
Salten la soga.
¡Ya!
Lo siento.
Los siento.
18/10/11
Reunión a medianoche
Quizo el barrio darme el abrigo de una frazada en invierno. Era chico, alrrededor de diez y cinco, morocho, de ojos castaños, quijada potente y figuración ambigua. El barrio que tanto había querido por tanto tiempo, que había cubierto mis horas con las hojas que caen en otoño, que había dado sueño a mis pasos cuando la viligia me abrumaba con alguna preocupación infante, triste, de esas que suelen mariposear alrrededor nuestro los días de lluvia, desapareció como la ficción de un teatro cuando el telón la cubre. Dos días duró aquello. Mis viejos quisieron resistir el embate de la muerte, pero no pudieron. Los cubrió la nieve, que quema al tacto.
Dejé el colegio, dejé la vida. Mirando la ventana y la gente idiota caminando por la calle. Mirando la suerte ajena se me cubrió la vista. Mis abuelos al tiempo murieron, en la agonía del nieto enfermo de una tuberculosis jodida, complicada, oscura.
Mi muerte consistió en mi ruina. Me escapé de esa casa y fui un paria. Comí de la basura, conviví con los perros, dormí entre diarios y le gané el truco al luto. El viento fue mi amante. El sueño mi vigilia.
Morí.
Renací una noche cualquiera de un día de octubre. Sentí la mirada sombría de un caballo de fuego que pasaba al lado mío. Asustado corrí a ganarle la carrera. Los ojos, siempre de costado, me miraban. Aullé más alto, llegue a las cimas, y alcancé con él el cielo, el caballo se hizo lava, y su volcán eruptó en oleadas, transportandome a donde habitan los ángeles y cantan los tangos. Un coro de ciegos me bajó entre cánticos calmados, entre susurros. Distinguí la tierra.
Desperté merodeando la mañana. Abracé al viento, y le dí las gracias. Y descubrí que los miedos y las desgracias hay que avivarlos a fuego lento, y una vez hechos cenizas, soplarlos despacio.
Muy despacio.
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