19/12/11

Palabras de barniz


El citadino se irrita cuando habla con el paisano. El hombre, con su camisa medio sucia, olor a humo y ángulo en la espalda, casi no habla. Enmudece y dice alguna palabra. Se calla, escucha y vuelve a bajar la mirada. El porteño le pregunta por su vida; el otro no le habla. Se limita a sonreírle y a tratarlo de don. Yo no soy nadie, señor, le dice. Yo no soy nadie. Efectivamente no es nadie. No pretende ser nadie tampoco. No quiere ser, sino estar. No quiere cambiar el mundo, sino dormir en él. No pretende levantar cloacas, ni buscar asiento para sus proyectos. La selva es su hogar, su almohada el colchón de hojarasca. No hay sustos en su mirada, aunque si marcas de una cama que no fue de plumas. Eso le dice con su mirada, y el otro se enoja. Se enoja y se va.
Nosotros hablamos. Y vomitamos palabras, y volvemos a hablar. No paramos. Escribimos algo, subimos algo a Internet, escribimos un texto como éste que pretende ser descarga idealista; no dudamos en hablar de lo que sea en cualquier reunión con tal de hablar.
La palabra es un mero instrumento de comunicación. La palabra es un objeto. La palabra está cosificada. Se compra en el mercado. Se mide. Se cobra. En algún momento esto hubiese sido impensado. En algún momento fue sagrada, y sólo se usaba para decir realmente algo. Así pudieron los griegos generar un idioma que abarcara el cosmos, el universo. Que con cuatro letras se lograra designar al pensamiento, al lenguaje como instrumento de sabiduría. Los romanos un dialecto universal que represente su justicia, su derecho. Así los mayas, mediante un ritual y una plegaria mágica se elevaban a los Dioses y les pedían por sus cultivos. Nosotros estaqueamos tierras, numeramos hombres y esclavizamos palabras en diccionarios.

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